Ay corazón de tiza, no te vayas nunca de nuestro corazón…

Me cuesta entender el agravamiento de que sea docente, sobre el hecho de que sea una persona a la que no le cabe la condena –ni social ni jurídica- de merecer la muerte.

Se murió un maestro… no me indigna.
Me indigna, y a cada frase un poco más, que:
· Asesinaron a un maestro.
· Asesinaron a una persona.
· Un policía –quien vela por nuestra seguridad- asesinó a una persona.
· A un policía le dieron la orden de reprimir a una persona que reclamaba por sus derechos.
· Un policía asesinó a una persona que reclamaba por sus derechos.
· Una persona tuvo que reclamar por sus derechos.

Y este es el momento de mayor indignación.
Y el sólo hecho debería dejar de sernos tan familiar, que más que común, se nos presenta como normal.
Tener que pedir, mendigar, lo que nos corresponde.
Tener que pedir, mendigar, que gracias al trabajo realizado podamos vivir.
A los derechos hay que ganárselos, pero ¿cómo más, si no es haciendo lo que hay que hacer?.

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