“Donde el ojo ve (una experiencia existencial)”

Foto by Sapox
Comprar un calzado no es tarea fácil. Es una cuestión de decisión y, en última intancia, de fe.
Las vidrieras, arquitectas de la fantasía, nos muestran con gran brillo un objeto que sin pie luce fantástico.
Estas arquitectas tambien prestan la voz al “último grito de la moda”. Porque la moda es casi un ser humano, tiene un cuerpo que se nos muestra y una voz que a los gritos nos llama y nos recuerda: “Aquí estoy, yo soy el cúmulo de las vanalidades humanas”.
Pero comprar un calzado siempre se nos presenta como un problema: no podemos andar descalzos, entonces el elegir se torna inevitable. Pero, ¿qué elegir? Hay decenas de modelos, pero todos parecen iguales. Y el color del modelo que nos gusta no combina con la ropa que tenemos, entonces la solución es comprar el zapato y comprar nueva ropa, y estamos así, como a punto de saltar hacia un abismo.
El salto es el momento exacto en el cual, sin estar absolutamente seguro, solicitamos el calzado -que nos llevó horas decidir- y el muchacho que atiende en la tienda se dirije con el calzado en manos hacia la caja y solamente resta pagar.
El abismo es el instante en el que el dinero emprende un viaje sin retorno desde la mano del comprador hasta la mano de quien nos vende y todo esto bajo la mirada siempre satisfecha del letrero que reza: “No se aceptarán devoluciones”.
La experiencia más propia de toda esta situación es la fe.
Elegimos un zapato, del cual no tenemos evidencia si nos gusta, pero confiamos ciegamente en esa voz que nos dice: “Te queda bien, pero si querés tengo un número menos”.
Calzados compramos en diversas circunstancias, pero la reina de todas ellas son las celebraciones, las fiestas. Nos calzamos para celebrar.
Calzarnos para celebrar es una alegria, una pena y una indiferencia.
Es alegría antes de la celebración, quién no tuvo la experiencia de ansiedad de estar vistiendose para ir a la fiesta, y esperar ancioso el momento de calzarse y ver, finalmente, cómo nos este ídolo adquirido en el conjunto de nuestro atuendo.
Pero asistimos a la fiesta y, si no tenemos la desgracia de que las luces estén apagadas o en penumbras, parece que sentimos caminar con las manos y queremos presentar no al mundo, AL UNIVERSO, nuestro más reciente adquisición; por eso el signo más patente de quien tiene calzado nuevo es el que recorre el salón. Testimonio de esto es la pareja de recien casados, ellos se pasean entre las mesas porque tienen calzados nuevos.
Calzarnos para celebrar es una pena, porque así, pretendiendo que todos se arodillen e idolatren nuestro cubre-pie, resulta que nadie se percata de ellos. Nos dicen: “Te cortaste el pelo”, “te afeistate”, “al fin te sacaste ese arito” (siendo que nunca lo tuvimos); pero a los pies nadie mira. Este olvido del pie nos produce pena.
Donde termina la fiesta es cuando comienza nuestra indiferencia. Este tercer sentimiento es inevitable, es cuando pensamos: “nadie me dijo nada, pero yo tengo zapato nuevo”. La indiferencia genera repulsa hacia “el otro”, casi me animaría decir que hacia la humanidad misma. Nos preguntan: “¿Cómo estuvo la fiesta?” y respondemos: “Un desastre, el novio no tenía lustrado los zapatos y la novia en medio del baile se descalzó”.
Por todo esto: comprar un calzado es la experiencia humana más profunda donde se juega la decisión movida por una fe sin mesura. El sentido de la experiencia humana es celebrar, celebración que encarna en su ser más íntimo una alegria, una pena y una indiferencia.
Todo esto no forma parte del post, pero igual, quiero escribir y escribo:
“Gato alpargato” le dice mi abuela a mi sobrino. Eso es rima, eso es poesía de vanguardia.
Porque la “vanguardia es así”, podés decir lo que sea y cuanto más rebuscado mejor.

“Gato alpargato,

festines de cines:

presenta y tienta

confines y miles”.

Poesía de vanguardia sin duda.

Arte de vanguardia- Foto by Sapox

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